martes, 21 de marzo de 2017

El bullying destruye vidas.

Alejandra Escobar desde México D.F.

Sres. Bullying Sin Fronteras: les envío un testimonio sobre acoso escolar o bullying que he vivido en primera persona. Alejandra.

A mi tío Roberto lo conocí enfermo. Mi mamá me contó que tuvo una infancia normal pero que en la adolescencia iniciaron sus problemas. Uno de los factores que desencadenó su enfermedad fue el acoso constante que recibió por parte de sus compañeros de colegio, que se burlaban de él, lo maltrataban y lo humillaban. Como tenía un temperamento tranquilo y era tímido, nunca los enfrentó y sufrió durante años esa violencia permanente.

El bullying —como le llaman ahora— fue el detonante de una enfermedad siquiátrica que no se había manifestado antes. Nunca volvió a tener lucidez y pasó su vida en el medio de alucinaciones, delirio de persecución y amigos imaginarios. Mis abuelos y sus hermanos lo llenaron de atenciones y cariño, no lo institucionalizaron, y vivió en la casa familiar hasta el día de su muerte.

Sus sobrinos lo quisimos siempre así, le escuchamos cantar canciones de Pedro Infante y vimos sus ojos llenos de lágrimas cuando veía una película que seguramente le traía algún recuerdo. Celebramos con él cada cumpleaños, aunque sabíamos que su vida le fue arrebatada y que no merecía lo que le ocurrió. A mi tío Roberto siempre lo llevaremos en el corazón.

Su historia nos marcó como familia. ¿Habría sido su vida diferente si no hubiera pasado por esos terribles episodios de violencia y humillación? ¿Qué pasaba en la cabeza de sus compañeros de estudio para haber causado a otro ser humano tanto dolor? ¿No debieron los maestros y autoridades del colegio detectar y detener el acoso y alertar a la familia? Muchas preguntas para las que no tenemos todas las respuestas.

Al enterarme de lo ocurrido en el colegio Solalto, donde un alumno del V Bachillerato llevó un arma para defenderse de sus acosadores, se me vino a la cabeza la imagen de mi tío Roberto. Sin saber siquiera el nombre del muchacho, y sin tener más detalles que los que había leído en las redes, sentí una enorme compasión por ese jovencito que, abrumado, dolorido y hastiado de tanta humillación tomó una decisión equivocada. ¿Cuánto habría tenido que sufrir para decidir llevar un arma y asustar a sus acosadores? ¿Qué pasó por su cabeza y su corazón que le hizo guardar silencio y no comunicar a su familia lo que estaba sucediendo? ¿Qué grado de responsabilidad tiene el colegio —sus maestros y autoridades—, que no detectaron lo que ocurría, y si lo sabían, se hicieron de la vista gorda?

La expulsión no se hizo esperar. En un comunicado se explicó el episodio del arma, pero no se dijo una sola palabra respecto del acoso, que fue la causa que detonó el incidente que, por suerte, no terminó en tragedia. Si bien no se puede justificar lo ocurrido, porque la violencia nunca es la forma de arreglar los problemas, sí se puede entender lo que años de acoso pueden causar en la siquis de una persona.

Depende de muchos factores el tipo de reacciones que se dan frente al bullying. Algunos jóvenes se han suicidado, otros han huido, otros lo han soportado en silencio y algunos más han buscado ayuda, a pesar de las amenazas de los acosadores de que si hablan “les irá peor”.

El acoso escolar es una realidad, no se vale esconderlo y menos eludir la responsabilidad de detectarlo, evitarlo y detenerlo. Expulsando a un alumno o “revisando mochilas” no termina el problema, la respuesta tiene que ser integral, empezando por asumir si hubo negligencia o complicidad de maestros y autoridades; sentando un precedente contra los acosadores e implementando una estrategia de prevención, atención y erradicación del bullying en las aulas. Eso, o seguimos sumando dolor y tragedias.

Desde México para la ONG Internacional Bullying Sin Fronteras.

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