miércoles, 29 de marzo de 2017

El bullying mata. Testimonio desde Guatemala.

María Cabrera. Guatemala.

El “bullying” es un término que se ha acuñado en los últimos años para hacer referencia a la violencia sistemática, en cualquiera de sus vertientes, de un estudiante a otro. Esta es una realidad que no surge con esta tipificación, sino que ha existido a lo largo de la historia, sin embargo, hoy la vista está puesta en este flagelo que puede llegar a reflejarse en la putrefacción, ya existente, dentro de la sociedad cuando los menores se integren plenamente en ella.
Muchas personas siguen considerando que la violencia es importante únicamente cuando hay golpes involucrados, sin embargo, aquella ejercida en forma emocional y psicológica tiene exactamente las mismas repercusiones indelebles en la vida de un ser humano.
No soy psicóloga, por lo que estas líneas no pretenden ser científicas sino más que todo mi humilde apreciación acerca de este mal. En mis años de estudiante en el colegio del que me gradué hace más de una década, no se escuchaba hablar sobre esto, pero claro que existía. Estudié en un colegio católico, privado, de mujeres en el que confluían varias clases sociales, varios fenotipos, varias formas de ver el mundo. Recuerdo que, siendo aún muy pequeñas, incluso en preprimaria se atacaba a las niñas, especialmente a las provenientes de los estratos menos privilegiados, adjetivándolas como “la apestosa”, “la negra,” “la india”.
¿Esto nos hacía niñas malvadas? No. Esto no era más que un reflejo de lo aprendido en los primeros años en la familia que es a la larga lo que nos determina para siempre. La lista para motivar el “bullying” continuaba. Si eran lentas para aprender o si eran muy buenas, si su color de piel era más oscuro o sus rasgos fenotípicos menos europeos, si no tenían muchas amigas o incluso por los alimentos que con esfuerzo sus padres ponían en su lonchera día a día, si estos llegaban a incluir un pan con frijoles o algo que denotara inferioridad económica.
Sumidas dentro de esta realidad a nosotras no nos parecía una cuestión del otro mundo, nos parecía algo normal y hasta divertido. Recuerdo con pesar y vergüenza una ocasión, en 1996, en la que intentamos obligar a una niña a engullir un brebaje que contenía, entre otras cosas, un huevo crudo, tierra, y semillas masticadas de uvas. Esta sería la condición si quería ingresar a nuestro grupo de amigas; vemos patrones que se replican en la sociedad de las formas más nefastas y al mismo tiempo esa gran necesidad de pertenencia a cualquier precio que posteriormente lleva a los jóvenes a involucrarse con pandillas y grupos criminales.
Hace unas semanas se registró un incidente en el Colegio Sol Alto, en el que un menor, nieto del Director General de este vespertino a quien profeso una admiración especial, aunque muchas veces nuestra forma de pensar difiera tanto, y de quien además conozco sus principios e integridad, ingresó al establecimiento con un arma concluyendo en un tiro dentro de un aula. Gracias a la bondad de Dios esto no tuvo repercusiones serias, pero si fue un llamado de atención para la sociedad. El jovencito, quien además era compañero de clases del menor de mis primos, según testimonio de sus compañeros era además de un estudiante modelo un joven sereno, pero afectado por el “bullying”.
No justifico ni justificaré jamás una acción de este tipo, pero dentro de mí me pregunto qué nivel de desesperación podría sentir para tomar una decisión así. Muchas veces los colegios se hacen de la vista gorda, en especial los de hombres, pues quien no aguanta el “bullying” es seguramente porque es “hueco”.
La responsabilidad de que el “bullying” siga existiendo es de todos, la información existe hoy más que nunca, antes en cualquier punto de la historia, sin embargo, seguimos sin darle la importancia que amerita. La primera responsabilidad es de los padres, que a través del abandono, de las enseñanzas erróneas, de no inculcar a tiempo los principios y valores necesarios, de ser los primeros que replican la violencia sistemática, largo etcétera, privan a sus hijos de las herramientas para no agredir ni ser agredidos. En segundo lugar, de los centros educativos que carecen de programas que promuevan el fin de este flagelo y de continuar tratando de hacer encajar a los seres que tienen bajo su cuidado en moldes únicos, impidiendo así su realización. Finalmente, la culpa la tenemos también como sociedad, por condenar a los niños a vivir en la putrefacción, por promover la ley del “más vivo”, por enseñar que el mejor es quien se sale con la suya y no quien hace las cosas bien.
En este tema hay mucha tela que cortar, creo que todos debemos empezar a darle un poco más de pensamiento y ver las cosas en su justa dimensión. Si bien los que sufren del “bullying” son víctimas, los “bullies” también lo son, nadie, absolutamente nadie nace con maldad incrustada en la mente ni en el corazón. Cada uno de nosotros somos productos de lo que han hecho y dejado de hacer con nosotros, especialmente durante la infancia y temprana juventud cuando carecemos de la plena conciencia que nos encamina, eventualmente, a trabajar en nosotros mismos y curar las heridas que en esta etapa se han dejado en nosotros. Como padres, educadores, como personas que conforman la sociedad, hagámonos más conscientes y unámonos para romper los paradigmas que tienen al mundo en donde está hoy. Démosle al “bullying” la importancia que merece y desde nuestro ámbito de acción trabajemos para empezar a tomar un curso distinto.
ONG Internacional Bullying Sin Fronteras



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