MADRID, 29 de julio — Consorcio Internacional de Periodistas JMH
Basado en el artículo "El fútbol mundial cambió: lo que no cambian son los argentinos", de Fernando Pedrosa, publicado por El Observador España. 29/7
Based on the article "World football has changed: the Argentines have not," by Fernando Pedrosa, published by El Observador España. 29/7
El fútbol necesita rivales. La propaganda necesita enemigos.
La diferencia entre ambos conceptos ayuda a explicar por qué la selección argentina se ha convertido en uno de los equipos más discutidos del fútbol contemporáneo. Lo que durante décadas fue una rivalidad deportiva hoy suele trasladarse al terreno político, cultural y mediático.
La FIFA impulsa desde hace años un modelo de fútbol más global, uniforme y comercial, con cambios reglamentarios, mayor intervención tecnológica y una organización pensada para maximizar audiencias y patrocinadores. El objetivo es ampliar el mercado sin reducir el atractivo del espectáculo.
En ese escenario, Argentina representa una excepción.
Su fútbol conserva una identidad basada en la intensidad competitiva, la confrontación permanente, el juego emocional y una tradición en la que ganar continúa siendo el valor dominante. Esa cultura deportiva convive con el negocio global, pero no siempre se adapta a los códigos comunicacionales que hoy rodean al deporte.
Las polémicas protagonizadas por futbolistas argentinos suelen adquirir una dimensión que excede ampliamente lo ocurrido dentro del campo de juego. Declaraciones, festejos o gestos son interpretados con frecuencia como episodios políticos, culturales o incluso diplomáticos.
La frontera entre la crítica deportiva y la construcción de un adversario público se vuelve entonces cada vez más difusa.
Toda competencia necesita rivales. Son parte de la esencia del deporte y de la pasión que genera. Sin rivalidad no existe competencia.
La propaganda, en cambio, necesita enemigos permanentes. Su lógica no consiste únicamente en cuestionar conductas o resultados, sino en construir relatos donde determinados protagonistas encarnen aquello que debe ser rechazado.
Eso no significa que Argentina esté exenta de críticas. Como cualquier selección, sus jugadores, dirigentes y comportamientos pueden ser objeto de análisis y cuestionamientos. Sin embargo, cuando la cobertura deja de centrarse en los hechos y comienza a presentar sistemáticamente a un mismo protagonista como símbolo de problemas que exceden al fútbol, la discusión abandona el terreno deportivo para ingresar en el de la narrativa.
Argentina continúa siendo una de las principales potencias futbolísticas del mundo. También continúa siendo uno de los equipos que más reacciones provoca.
Quizá esa sea precisamente la diferencia entre un rival y un enemigo.
El rival pertenece al juego.
El enemigo pertenece al relato.
MADRID, July 29 — JMH International Consortium of Journalists
Based on the article "World football has changed: the Argentines have not," by Fernando Pedrosa, published by El Observador España. 29/7
Football needs rivals. Propaganda needs enemies.
That distinction helps explain why Argentina's national team has become one of the most debated sides in modern football. What was once primarily sporting rivalry increasingly extends into political, cultural and media narratives.
For years, FIFA has promoted a model of football that is more global, standardized and commercially driven, introducing regulatory changes, greater technological intervention and a tournament designed to maximize audiences and sponsorship opportunities.
Within that framework, Argentina stands apart.
Its football culture remains rooted in competitive intensity, confrontation, emotion and a tradition where winning remains the overriding objective. That identity coexists with the global business of football but does not always conform to the communication standards surrounding the modern game.
Controversies involving Argentine players frequently extend far beyond events on the pitch. Celebrations, comments and gestures often become political, cultural or even diplomatic issues.
The line between legitimate sporting criticism and the construction of a public adversary has therefore become increasingly blurred.
Every sport needs rivals. Rivalry is an essential element of competition and one of the main sources of its emotional appeal.
Propaganda operates differently. It requires permanent enemies. Its objective is not merely to criticize actions or performances but to create narratives in which certain figures come to represent broader problems that must be condemned.
This does not mean Argentina should be immune from criticism. Like any national team, its players, officials and conduct deserve scrutiny. However, when coverage consistently shifts away from specific events and repeatedly portrays the same team as the embodiment of broader social or political conflicts, the debate moves beyond football and into the realm of narrative.
Argentina remains one of world football's dominant powers.
It also remains one of its most polarizing teams.
Perhaps that is the difference between a rival and an enemy.
A rival belongs to the game.
An enemy belongs to the narrative.

