BOSTON. La fraternidad universitaria era un asco.

TESTIMONIO DESDE CHILE

Bullying Sin Fronteras — Organización Mundial

Bullying Sin Fronteras comparte el testimonio enviado desde Santiago de Chile por César G. D. Una experiencia personal marcada por un accidente, las secuelas físicas y el valor de los vínculos humanos en los momentos más difíciles.

Publicamos su relato respetando íntegramente el texto original, sin ediciones ni alteraciones.

[A continuación, el testimonio completo de César G. D.]

La fiesta de junio de mi fraternidad universitaria lo prometía todo. Calor, bebidas, chicas, música y diversión. Había logrado después de mucho esfuerzo y paciencia que me acepten. Como estudiante de América Latina y para peor de Chile, resultaba dificil ser elegible. Después de varios retos bastante idiotas y retorcidos y una vigilancia estricta sobre mi comportamiento, mi historia académico y mi solvencia financiera; por fin fui admitido.

Todo terminó la noche de la fiesta. En un momento determinado y nadie sabe bien por qué, caí desde unos 12 metros. Había bebido demasiado y recuerdo a las chicas que pasaban y miraban. Solo eso. Bebidas, chicas, música y de pronto estaba en mi habitación, con mi amigo Esteban (el Esteban para mi); un compañero argentino que no había ido a la fiesta porque se había peleado con la novia días antes. Esteban fue lo primero que vi al despertar de madrugada y con un dolor terrible. Apenas podía moverme. 'el' Esteban llamó a emergencias, gritó todo lo que pudo, amenazó porque no me atendían y de pronto estaba en una camilla. Había llegado caminando. No sabía que eran los últimos pasos en mi vida ...

El médico dijo que había una importante lesión en la cervical y podía quedar paralítico de por vida.

Pasaron horas o días, no lo se bien porque los analgésicos eran fuertes. Mi madre, Rosario había venido de Chile y lloraba.

Esteban le explicó que nadie sabía que había pasado. De una fiesta a la caída y de la caída a la habitación. El resto sí podía certificarlo. Se había quedado conmigo todo el tiempo, incluso en el hospital.

Una silla de ruedas se convirtió en mi inseparable compañera y también una verdadera bolsa de analgésicos.

Dos meses después, volví a mi último año de universidad con muletas, confuso y alojado en una habitación con adaptaciones especiales. Terminaba la carrera de Economía.

Pensé que mi último año de universidad sería fiestas, chicas, alcohol y entrevistas con empresas para un futuro laboral en los Estados Unidos. Pero no; debí bajar el ritmo. Ya no hubo salidas nocturnas. Solo largas veladas con Esteban y su novia en la cafetería de la universidad. Conseguí graduarme y recibir mi diploma en silla de ruedas.

Dejé Boston y volví a Santiago de Chile. Mi padre logró una recomendación en una empresa importante de venta on line y eso hace que me traslade cada tres meses a Buenos Aires. Casi lo único bueno que puedo contar. Mi amigo Esteban es abogado y quería trabajar en Meta o Uber. Sus calificaciones se lo permitían, pero después de mi accidente me dijo: "- Me vuelvo a casa. No me gusta el clima actual en Estados Unidos. Tanta solidaridad me agobia. Prefiero trabajar en una ONG en Buenos Aires".

La ironía de Esteban golpea fuerte como el pensamiento de Pablo Neruda: 'la Argentina es un país de amigos'. ¿Qué puedo agregar?

Estoy buscando terapias alternativas. Tal vez pueda volver a caminar. Mi novia o polola, Paula, me quiere así y me cuida mucho. Cuando olvido los analgésicos hay dolores fuertes que me traen a la memoria la noche la fraternidad en Boston.

Me siento furioso pero veo también que habría podido morir y en la fraternidad o hermandad habría sido lo mismo. Es fraternidad, hermandad; pero no es amistad. Amistad es Esteban. Amor es Paula y mi madre. Lealtad es mi padre que a pesar del dolor que experimenta por mi accidente, sigue adelante y busca salidas.

Leí que podía mandar mi testimonio. Tal vez sirva para algo.

Las fraternidades son un asco. Pero la amistad es otra cosa.

César G. D. Santiago de Chile. CHILE.


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